Sunday, June 18, 2006 

LA GUERRA

Éramos adánicos
y aún podíamos inventar el mundo
o hacer al costado uno nuevo con la guerra.
Y éramos, simplemente.
Una suerte de aguerridos
que salían con la fantasía en armas
a librar una batalla.

El parque
era el escenario de la guerra.
Sitiábamos la plaza
y detrás de la barricada de los setos,
fuego graneado al enemigo.

Con fusiles de palo y otros pertrechos
ilusorios, de un solo asalto
caían en nuestro poder
ciudades con nombres de leyenda, en desbandada
las horas opacas, la rutina:
y a todo lo ancho del parque,
una vez más, el mundo era la infancia.

En quinientos metros a la redonda
no había recinto arbolado
ni silencio que resistieran la presión
de nuestro ataque.
Si blandamente capitulaba la tristeza,
¿quién podía vencernos?
Sólo los vendedores de manzanas
o el sonido vagabundo de la flauta
del afilador de tijeras
ponían una tregua de asombro a la lucha. Y vuelta
los soldados a dar comienzo a la ofensiva.

La guerra nuestro oficio: dos falanges
enemigas por acuerdo
para sojuzgar la soledad y el tedio de la tarde.
Y mientras la campana dominical
languidecía bajo el fragor de la batalla,
las mujeres de la casa
preguntándose a qué hora llegarán los combatientes.

Porque la guerra a los siete años
no tenía cuándo acabar.